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MUCHA COMIDA Y POCA CULTURA




Marcelo Cicali en 7 Canibales




OPINION /SCZgm/OPI/20-01-2023

¿Pueden los restaurantes restaurar algo más que el hambre?

Lo sé, no son tiempos para llamar hambre a lo que sienten las personas que acuden a los restaurantes, pero el valor primigenio de su existencia se basa en algo bastante más básico de lo que pensamos cotidianamente.


No vamos a que nos vean, no vamos a ver a otros, no vamos por quién o cuanta fama tiene el que cocina o por quién está en otra mesa. Básicamente seguimos yendo a comer a un lugar con mesas, manteles y sillas cuando nos da eso que para bien o mal llamamos hambre.


Yo no cocino ni preparo cocteles en mi restaurant, sólo sigo allí, todavía medio hipnotizado de ver gente que come y bebe desde el primer día que abrí, hace casi 32 años.


Y así me gustaría permanecer otros 32, pero tengo mis dudas.


Y quizá tuve la suerte de vivir (al menos en Latinoamérica) algo de un bobo romanticismo que habitaba en nuestros comedores a fines del siglo pasado. Esos comedores sin teléfonos móviles, sin software gastronómico, dónde estaba prohibido preguntar siquiera la hora, dónde se agradecía tener un plato de comida caliente en la madrugada y alguien con quién conversar y a quien invitar a una copa. Los mismos comedores se han ido transformando en los últimos años en una suerte de fríos destinos transaccionales, dónde todo se compra y todo se vende. No hablo de la cocina, ni de los comensales, ni de los productos, ni del plato, ni de las estaciones, ni del puto territorio.


Hablo de los restaurantes.


Hablo también de lo que significa el restaurante:


¿Caben más cosas fuera del contenido del plato?


¿Cabe la poesía, la música, la pintura en esos espacios, sólo para mirar, escuchar o admirar?


¿Es la comida, digamos que lo que va sobre el plato, lo único que importa? ¿Importará también la salud, la vida o la familia de quién te la lleva o prepara, o de los vecinos del boliche, o de quien te provee los insumos?


¿Qué comemos cuando comemos?

Entendemos que comemos memoria, historia, ecología… Pero me encantaría poder saciar mis otros tipos de hambre o sed. En Latinoamérica a lo más que se han atrevido los restauranteros es a tener (alguna noche floja de clientes) stand up comedy.


La comedia, dicho en simple, es algo triste con final feliz, en la antítesis de la tragedia que parte feliz y termina triste, pero creo que vivimos tiempos de finales infelices. Me parece que al menos podíamos atrevernos a poner en relieve esto triste que nos toca vivir, y esperamos que tenga un final feliz.


No me cabe duda que los restaurantes son espacios dónde se desarrolla el tejido social: la gente se conoce, conversa, crean redes, pasan penas y aguardan alegrías, y comparten emociones comiendo y bebiendo.


¿Qué pasaría si en nuestras salas hablaran los poetas, que son los grandes cantores que atestiguan los tiempos?

Y si sacamos los Spotify cargados al desabrido bossanova lounge y dejamos que alguien se siente al piano y cante tangos, cuecas o llorados boleros.

¿O si sacamos los refinados cuadros y espejos y dejamos paredes para que alguien las pinte y sea (como debe ser el pintor) el guardián del pasado, el presente o el futuro?

¿Con qué más podemos alimentar nuestra fatiga espiritual, y ojalá no sea con algo transaccional?


En mi país, Chile, está prohibido por ley bailar en los bares y restaurantes. Y bailar debe ser de las expresiones de la emoción más comunes del ser humano, junto con reír o llorar. Los niños, en cuanto se pueden sostener en pie y nada más escuchar música tratan de bailar.


¿Qué nos pasó en el camino?

Me dicen los jóvenes que esto es impuesto por la dictadura de los viejos.

Vaya.

Yo soy viejo para ellos, tengo 54, y feliz bailaría con mis padres, con mis amigos y con mis hijos en cualquier parte.

Parece que estos niños no pueden hacer nada sin seguir matando al padre, pero bueno, esa será cosa de otra columna.