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PIENSO, LUEGO ESCRIBO

OPINIÓN 04/05/2023





Toni Massanés / La Vanguardia



Ustedes ya saben lo que hago aquí: escribir sobre comer. Permítanme hoy, por ser hoy, empezar por el principio.


Escribir es una forma de pensar. Cuando tengo tema y tiempo, utilizo esta ventana como espacio de reflexión.


El síndrome de la página en blanco es más decidir de qué hablar que el miedo a no saber qué decir. Una vez escogido el planteamiento, de lo que se trata es de informarse, intentando comprender las características, condicionantes, visiones, posturas e intereses para confeccionar un mapa orientativo con todos sus accidentes sobre el que atreverse a trazar un rumbo.


Sí, lo sé, mis artículos acostumbran a abusar de enumeraciones, retahílas, secuencias, yuxtaposiciones (como muestra un botón), además de paréntesis aclaratorios (¡lo he vuelto a hacer!) y especificaciones. Sé que todo esto no es lo que más conviene a un buen ritmo de lectura, pero es que un mapa preciso necesita detalle, aunque sin llegar al de aquellos cartógrafos borgianos que acabaron dibujando planos tan grandes como los territorios representados.


Análisis y después síntesis. Explicarlo de manera comprensible desarrollando un discurso mínimamente coherente. Con esto, ya, con un canto en los dientes. Porque la complejidad es un atributo de la realidad y más cuando de comer se trata. Lo categórico, lo definitivo, acostumbra a ser ignorancia, mentira, infamia o mala fe.


Escribir para pensar. Escribir para aprender, comprender, reflexionar y compartir la reflexión.


Escribir también es comprometerse, ergo evitar predicar con demasiada vehemencia porque luego hay que cumplir… Y porque la conciencia es más amable que la obligación.


Escribir para comer mejor. Para intentar que todos podamos hacerlo. Para trabajar en este compromiso y actuar en consecuencia. Desde la modestia de aceptar que la empresa es inabarcable, pero entendiendo que el mar está lleno de gotas, que el pan está lleno de migas y que una migaja tras otra, marcan el camino.


Y así avanzar evitando errores ante las continuas paradojas de nuestro sistema alimentario. Atreverse a proponer honestamente, argumentativamente, cómo acordar la apuesta por la innovación abierta con la pasión por las tradiciones locales, la frugalidad con el apetito, la salud con el placer, lo práctico con lo sostenible, las ganas de viajar con el respeto al entorno, el compromiso con los productores de proximidad y el soporte a las empresas exportadoras responsables. O la condena clara y firme de la idolatría, de la veneración acrítica de la fama como valor en sí mismo que engendra monstruos, con el reconocimiento entusiasta para quienes realmente aportan cosas y el estímulo a aquellos que se dejan la piel por ejercer su oficio lo mejor posible, porque ya dejó escrito Joan Maragall que la salvación de la humanidad depende de que cada uno hagamos bien nuestra tarea. ¿Condenaríamos al tapicero por intentar hacer el sillón más cómodo, bonito y original o le daríamos la medalla al mérito en el trabajo?


Escribir estando atento para adaptarse y, cuando no llueve, si toca, porco governo, pero también anotar que la autarquía alimentaria es peligrosa y plantearse qué hacer ante un futuro recalentado y sediento.


Y con todo esto, el tiempo y una caña, ir construyendo un Tratado General de la Gastronomía por entregas que anda colgado por la red a su disposición. Por si a alguien le interesa.


FUENTE: La Vanguardia / Toni Massanés Sánchez es director general de la Fundació Alícia (ALImentació i ciènCIA),​ laboratorio de la alimentación responsable.


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